Hace ya cuarenta veranos yo acababa de terminar el bachillerato y aprobar el examen de ingreso en la Universidad. Aquel estío me lo pasé jugando con mis hermanos y mis padres, por las noches, interminables partidas de cróquet, ese endiablado juego británico en que se golpea unas bolas con unos mazos para recorrer un recorrido bajo 10 aros. Las partidas, por parejas, lograban enemistades de hasta dos días de silencio total, tal era el rencor que despertaba ese competitivo juego, en el que destrozar la estrategia enemiga es casi más importante que la habilidad en dirigir las bolas. Y mirábamos al cielo. Y vimos, pero, sobre todo, oímos un aerolito con su cola de fuego. Y mirábamos al cielo, más concretamente, a la luna. Porque para allá se encaminaban los astronautas del Apolo XI.
- “ Niñoooossss…los astronautas en la tele”, gritaba mi madre, lo que lograba una inmediata estampida de mi hermano Eduardo y yo al salón para ver en el viejo televisor en blanco y negro las borrosas imágenes de la hazaña espacial (mi pobre hermana andaba secuestrada por unas analfabetas monjas en un campamento juvenil). Sólo la fascinación por la misión lunar logró la paz de la familia, que estuvo a punto de quebrarse varias veces gracias al odio croquero. 
Como mucha gente de aquella época vivímos como nuestra la aventura de Amstrong, Aldrin y Collins dirigiéndose a aquella lejana meta. La primera temporada de Star Trek y 2001 una odisea en el espacio de Kubrick ya nos había hecho acólitos del espacio. Por ello, como muchos españoles madrugamos para ver sobre las 4 de la mañana como un tipo de Ohio plantaba sus pies en un entorno diferente al planeta en donde había nacido y evolucionado la especie a la que pertenecía. (PINCHA AQUÍ si deseas ver los devastadores efectos que aquel material tuvo en mi hermano)
Aquellas interminables noches veraniegas abrigaron un sueño. Un sueño en que el homo sapiens empleó aproximadamente 200.000 años, usando, sin embargo, el mismo órgano de pensar. Un órgano que le permitió alcanzar nuestro satélite, situado a 300.000 kilómetros de la tierra, apenas 70 años después de haber realizado su primer vuelo de apenas 80 metros de distancia.
El truco para lograrlo se llama ciencia y el error recibe diversos nombres: fanatismo, religión, dogma, superstición, papanatismo, ocultismo, paraciencias….
El truco se llama también sueño colectivo. Hacer algo sencillamente porque era difícil hacerlo, en palabras de aquel presidente americano que no vivió para contarlo. Cómo fue difícil (e inútil) construir las pirámides de Egipto o las catedrales góticas. El error se llama decadencia, molicie, conformismo, aburguesamiento. El error es tener como único horizonte el alimentarse, follar, divertirse y descansar confortablemente después de haber hecho mucho dinero.
Y después bajamos de la Luna: el curso 1969-70, mi primer curso universitario, descubrí lo insoportable que era la vida en una mediocre dictadura cuartelera, lo malo que eran los Yankees, masacrando al pueblo vietnamita, lo tendencioso que era el ABC, el miedo que daban los guardias cuando corrían detrás de ti como posesos ….bajar a la realidad próxima fue descubrir que estaba hecha unos zorros. Y que debíamos soñar con cambiarla.

De todas formas, espero que no sea igual que las pirámides de Egipto, que no dejan de ser sueños megalomaniacos a costa de las realidades del esclavismo…, por más que ahora nos parezcan fascinantes. Y la luna era también una porción disputada en un mundo en liza, mientras jinetes a caballo de cabezas nucleares, enhiestas como miembros amenazantes y estériles para la Madre Tierra tenían quién sabe que clase de sueños.
Sí, la conquista del espacio tiene esa mezcla de sueño hecho realidad que nos dejas en esta linda crónica, aunque esconde, siento el pesimismo realista, a la manera de las pirámides que tanto orgullo nos producen, tantas y tantas miserias. Acaso la realidad sea miserablemente mísera.
Y unos años antes, el 27 de octubre de 1962, un simple hombre, el marino Arkhipov, en contra de los otros dos marinos que decidían, con mucha probabilidad, marcar el inicio de una conflagración nuclear, se había dejado, tal vez, llevar por un sueño, mientras estaba sumergido en un submarino en una situación límite:
“en ese instante brutal se jugó la suerte del mundo. Se reunieron los tres oficiales para tomar una decisión. El capitán votó a favor de lanzar los torpedos. El segundo oficial secundó la propuesta. Pero el tercero, el comandante adjunto, un marino llamado Vasili Arkhipov, votó que no y consiguió calmar al capitán. Las cargas de profundidad cesaron debido a una llamada urgente de Washington”
Fuente: El País, 2 de julio de 2004, artículo de Emilio Lamo de Espinosa.
http://www.realinstitutoelcano.org/publicaciones/107.asp
http://www.elpais.com/articulo/opinion/marino/Arkhipov/suerte/mundo/elpepiopi/20040702elpepiopi_6/Tes/
Muy buena la entrada biográfica y muy bueno el vídeo.
Saludos.
Enhorabuena por la entrada!