Termina este fin de semana y acaba un verano más. O sea, uno menos de los que nos tocaron vivir. Una estación del año que siempre odié con todas mis fuerzas, banalidades a flor de piel, música hortera, cuerpos que, lejos de insinuarse con picardía se muestran con todo ese descaro infantil e insugerente. Estación para gente epsilon que sólo entienden la felicidad como consumo: sexo esporádico, cuerpos de usar y tirar, historias de amor con fecha de caducidad pre programada, vagancia desganada al sol, borracheras y drogas para festejar el que no hay nada que festejar en sus vidas. El Ibiza style of life, como paradigma de vida, pocholismo -sofisticado o con tinto D. Simón- como algoritmo vital. Todo se vuelve tonto en verano: la radio, la televisión -que, en su afán de superarse, llega a alcanzar el grado sumo de oligofrenia- los estrenos de cine, la música. Veranos insustanciales donde la gente hacen miles de kilómetros con el único fin de hacinarse tumbados como turbamultas bajos los rayos del sol. Veranos que mataron el mar, ese prodigio de la naturaleza, violado por los atascos, el cemento, el ruido, la contaminación. Odio la playa en la misma proporción en que amo al mar. Odio el verano en la misma proporción en que amo al Otoño, etapa de transición, comienzos de curso, inicio de una nueva era.
Los veranos también tienen sus tragedias: aquel en que unos marineros rusos esperaban la muerte en un submarino varado en el fondo del mar, o ese avión que apenas si alzó el vuelo hace unos días. Tragedias que nos recuerdan una de las pocas verdades contenidas en la biblia: polvo eres y en polvo te has de convertir. Solo que para echar un buen polvo prefiero una estación más fresca, que lleves más ropa para quitarte, y que el ruido del aire acondicionado no acalle tus gemidos.


(y si añadimos, lugar de veraneo obligatorio Chipiona, sálvese quien pueda)
amén.
oremos: Señor, bendice el 1 de septiembre.
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